El ojo que todo lo ve ya llegó

Y se llama internet. El Ojo que todo lo ve es el símbolo de la omnipresencia, del que todo lo vigila y que por lo tanto nos cohíbe e impide actuar fuera de las reglas.

Lo emplearon egipcios, budistas, masones, cristianos, etc.

dolarLo encontramos en el dólar de los EE.UU y en obras de arte.

El primer paso ya se ha dado: nadie puede salirse de la norma mundial, de lo políticamente correcto, de lo empáticamen  te correcto: hay que renviar mensajes de paz o de condena por actos terroristas, ser solidario, pertenecer a los grupos de wasap, tener Facebook, etc. Si no estás, no existes.

cuadro ojo

Una vez dentro, te debes auto controlar: en caso contrario te machacan, por racista, homófobo, violento, machista o lo que sea. Es, ni más ni menos, la táctica del grupo ante los que se salen de la norma: los señalados. Son los que no iban a Misa en la España de los años 50, son los niños superdotados e incluso el personaje de “La Metamorfosis”.

Hasta que tu singularidad no sea reconocida serás un paria y con suerte, después, un genio.

El segundo paso lo hemos dado nosotros solitos. Somos rehenes de nosotros mismos al exponer públicamente o en grupos restringidos nuestras opiniones, información personal o profesional, lugares que visitamos e imágenes que quedan registradas en las monstruosas bases de datos conectadas a la red. A eso ayudan aplicaciones como Twitter, LinkedIn, Facebook o Google, las famosas cookies o simplemente ese “amigo” que de forma prudente guarda todos tus mensajes como si fuesen un seguro de vida. Ya no somos esclavos de nuestras palabras (ojalá lo fuésemos de verdad), sino esclavos de lo que escribimos y compartimos. Sé que existe el “derecho al olvido” y que Google puede ser requerido a no hacer públicos ciertos elementos, pero eso no quiere decir que sean eliminados totalmente. Nunca se sabe cuándo una pieza de información puede ser útil a alguien. Microsoft ha pagado 26.200 millones de € por la red social de uso profesional LinkedIn. ¿Tanto vale la información? Para hacernos una idea, un crucero nuevo cuesta alrededor de 800 millones de € y 10 km de autopista unos 1.200 millones.

El tercer paso ya está aquí. Hay un montón de aplicaciones que saben dónde estamos en cualquier momento gracias al GPS. El historial de nuestras visitas a páginas web queda también registrado. Google o quien sea saben perfectamente las búsquedas que hacemos: por eso después de buscar viajes a Tombuctú me siguen saliendo ofertas para ese destino en otras webs, aunque sean blogs de recetas de cocina.

¿Qué falta? Exigir transparencia total, empezando por los que nos gobiernan. De la misma forma que algunos policías en los EE.UU. llevan cámaras incorporadas en su equipo o en su coche, pronto exigiremos saber que hacen algunas personas en todo momento. ¿Por qué nuestros políticos cierran la puerta cuando negocian? ¿Qué tienen que ocultar? ¿Con quién hablan? ¿Sobre qué?

A partir de ahora, todas sus conversaciones serán registradas y accesibles de forma que nosotros, sus votantes, podremos saber en todo momento como defienden nuestros intereses (o los suyos o los de terceros). La privacidad quedaría reducida a la alcoba y al aseo. El político que no lo acepte será señalado y se entenderá que tiene algo que ocultar. Se convertirá en un paria hindú, un “intocable”, como el de la foto.

paria


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