Las tribulaciones de Pedro en Portugal

Cinco días después de su experiencia taurina Pedro decidió hacer las maletas e irse a Portugal. Su vida como novillero le reportó unos buenos dineros así que alquiló un precioso apartamento en Estoril dispuesto a disfrutar del final del verano junto a su enamorada.

Es 25 de Agosto y coge su coche viejo y desaliñado. Conduce prudentemente, por aquello de los puntos y de la Guardia Civil pero también porque el coche no da mucho más de sí. Cruza la frontera por Elvas y sin saberlo va recorriendo el Alentejo portugués, tierra de vinos y bodegas, en su camino hacia la costa: Cartuxa en Évora, Adega de Borba, Encostas en Estremoz o Ravasqueira en Arraiolos. El paisaje de alcornoques, viñas y olivos no se distingue en absoluto del de Extremadura. De hecho, España (entonces el Reino de Castilla) y Portugal no son el mismo país porque nos dieron de lo lindo en Aljubarrota el 14 de Agosto de 1385, a pesar de ser el ejército castellano muy superior en número. En resumen, los portugueses consideran ese día como uno de los más decisivos de su Historia y en España ni se menciona en los libros.

monasterio batalla

D. Juan I de Portugal ordenó construir al año siguiente el monasterio de Batalla (en la foto) para conmemorar tan significada victoria. Primer choque cultural: los portugueses nos ven todavía como los invasores, arrogantes y vocingleros, muchas veces con razón (esos turistas……) cuando para nosotros es un país algo desconocido, incluso inocuo, es el país del “bacalhau” y los “forҫados”.

Como decía, Pedro atraviesa la frontera y nota algo extraño: su coche pierde potencia, parece que está parado. Mira la velocidad, pero no, es correcta: 120 Km/h. ¿Qué ocurre? Segundo choque cultural: los portugueses conducen como locos. Ir a 120 en una autopista es un sacrilegio, una infamia. Sólo les falta pitarle por ir despacio. A medida que se acerca a Lisboa, ya con tráfico más intenso, se siente acosado: la distancia de seguridad es un invento inútil. Al conductor del coche de detrás le puede ver los ojos azules, sanguinolentos. Los que le adelantan pasan a su lado tan rápido que su coche cimbrea como un junco.

Por fin llega a Estoril. Está en el parking del Casino. Llama al de la inmobiliaria como acordó unos días antes. “Cinco minutos” le dice el paisano, “Eu tenho as chaves na mão”. Tras 15 minutos de espera vuelve a llamarle. No contesta. Tras otros 10 minutos recibe la llamada de João, que así se llama el muchacho de la inmobiliaria. Le dice que está llegando pero que tiene que ir primero a recoger las llaves del apartamento. Tras media hora larga de espera, João aparece. Tercer choque cultural: para los portugueses 5 minutos son 30 como mínimo; la puntualidad no es su mejor virtud.

Nada más verle le larga: ¿Engenheiro D. Pedro? Son las dos de la tarde. Pedro no ha probado bocado, está cansado, sediento y pasando un calor de muerte y el paisano va y le llama ingeniero. No soy enjeneiro, contesta. ¡Ah! Dice João, entonces ¿Doutor? ¿Doutor D. Pedro?

A João sólo le falta hacer reverencias. Es tan pelota y cumplido que resulta incómodo. Pero eso sí, les ha tenido casi una hora esperando. A la enamorada le intenta besar la mano. Pedro y ella se miran. ¿De donde ha salido este tío? ¿Del siglo XIX? Cuarto choque cultural: los portugueses son muy formales, usan los títulos académicos –titulocracia- cuando firman cartas o emails y  hasta cuando se dirigen unos a otros. En España, somos mucho menos formales y en el País Vasco, incluso, está mal visto: es norma que el camarero te trate como si fueses un coleguilla de toda la vida y te tire el plato diciendo “yeeeepaa túuuu”.

El apartamento es fenomenal, pero tienen prisa por conocer los alrededores. Deciden ir primero a la playa pues hace mucho calor. Pedro, sin perder su chulería castiza y torera, decide zambullirse en el agua del tirón. Está a punto de sufrir un choque térmico en vez de cultural. El agua está fría como en el Báltico. Le duele la cabeza y todo se le encoge. Sale del agua con los labios morados, abrazándose a sí mismo.

Tras pasar la tarde disfrutando del sol (los dos) y ella del agua (le encantan las sensaciones fuertes) deciden volver y arreglarse para cenar.

calzada portuguesaMorenos, duchados y limpitos sale nuestra pareja hacia un conocido restaurante donde preparan un arroz de marisco excelente. Está a pie de playa, por lo que deciden ir caminando una vez hecha la reserva. Ella luce preciosa, con su vestido corto y tacones. El suelo está algo mojado por el riego. Van por una ligera cuesta, y en el suelo la piedra dibuja unas curiosas formas. El, aunque ya ha mejorado su comportamiento desde su primera cena en la “Japuta Dorada”, va con las manos en los bolsillos y no presta demasiada atención a su enamorada. De repente ella clava el tacón en un resquicio entre las piedras, patina el otro pie y cae de culo. ¡Ay! Eso te ha tenido que doler dice Pedro. Quinto choque cultural: acaban de conocer la famosa “calҫada portuguesa”, tan preciosa como peligrosa cuando está húmeda.  También debería estar prohibido intentar caminar sobre ella con tacones, salvo que seas portuguesa o equilibrista.

El hambriento y ella dolorida y coja porque ha perdido un tacón llegan al restaurante donde el maître y camareros, tras las reverencias de rigor,  les acomodan en un rincón precioso con vistas al mar.

Piden el arroz de marisco y “vinho verde”. Picotean unas aceitunas y queso que les han traído sin pedirlo y que pagaran religiosamente más tarde. Mientras, en la cocina preparan el arma secreta que los portugueses han desarrollado contra los del otro lado de la frontera: el cilantro.

Sexto choque cultural: Los “coentros”, de Portugal. Cocinan con él y encima te ponen un manojo en lo alto para destruir cualquier sabor original.   El arroz no sabe ni a pescado ni a marisco. Sabe a esa cosa verde, que camuflada como perejil, destroza cualquier plato.

arroz de mariscoLlaman al maître, y solícito, les pregunta cuál es el problema. Este perejil, dice Pedro. “Engenheiro D. Pedro” (outra vez ingeniero, piensa Pedro), “Não é salsa, eles são coentros, muito típicos de Portugal”.

Salsa, perejil, coentros…. Pedro se cree hasta ingeniero. No entiende nada. Como siempre, su enamorada acude a su rescate y sonriendo al viejo y avispado maître le pide si pueden servirles el mismo arroz de marisco pero sin el cilantro.

Mientras, en la cocina, todos se están riendo a cuenta de Pedro, otro españolito que no soporta los “coentros”.

Dedicado a mis amigos portugueses y a mis choques culturales, sin los cuales mi vida sería mucho más aburrida.

 

 


6 respuestas a “Las tribulaciones de Pedro en Portugal

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