Verlo para creerlo

La violencia del hombre sobre la mujer es muy real, aunque queramos camuflarla con distintos nombres, distinguir entre si son pareja o no, e incluso intentar desvirtuar la realidad magnificando las falsas denuncias. La violencia afecta a todos los estratos sociales, culturas y edades. Mirar para otro lado pensando que es cosa de “otros”, sea de estratos sociales desfavorecidos, inmigrantes o cosa de viejos, es engañarnos a nosotros mismos.

Íbamos de retirada la pareja y el niño de 11 años ya cerca de la medianoche de un viernes. A unos 15 metros  unos gritos y un fuerte golpe contra una valla nos llaman la atención. Es una pareja joven que no debe llegar a los 20 años, el muchacho está dando voces, a un palmo de ella. A cada grito ella se encoge más. Es evidente que algo va mal.

Nos quedamos mirando sin saber qué hacer. En un arranque de valentía salgo detrás de mi mujer que se encamina hacia ella con paso firme. Al mismo tiempo él se va calle abajo y queda la joven, medio escondida tras una columna de un soportal, llorando, con las manos tapándose la cara.

De película. Verlo para creerlo.

Mi mujer le pregunta si “está bien” y ella contesta que sí. Que es el muchacho el que está mal.

Mi mujer le dice que no debe permitir que le traten así, que ninguna mujer se merece ese trato, que no llore porque “’él no lo merece”, mientras la reconforta pasándole la mano por la espalda. Todo ello mientras caminamos hacia la estación de tren. Mi hijo alucina. Y yo también.

La muchacha insiste y le disculpa diciendo que “él está mal”. Lo que faltaba: lo justifica y lo excusa, lo cual parece frecuente entre maltratadas. Le contestamos que la que está mal es ella, tan joven y tan guapa, pasando semejante trago.

 Vuelve el joven, llamándola, y ella va hacia él. Quedamos expectantes, otra vez de testigos. Se repiten los gritos, la misma actitud agresiva y otra vez se va. Se ve que le duele la mano del puñetazo que le ha dado antes a la valla. Vuelve la muchacha hacia nosotros y le ofrecemos llevarla a casa, pero no quiere. Está hecha un manojo de nervios, hipando, y por fin llegamos a la estación.

Ya en el coche, le pregunto a mi hijo qué opina sobre lo que hemos visto: “Es algo extraño, él dice que la quiere, pero en realidad la odia”.

Ha dado en el clavo.


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