Pedro, torero

Recordareis a nuestro presuntuoso gañan Pedro por su cena en la “Japuta Divina” y por su menguante cuenta corriente después de pagar los 180€ de la cena (ver Camarero, la cuenta por favor).

Durante la madrugada Pedro confesó a su enamorada que asistía a clases de tauromaquia. Ella quedó impresionada y le pidió poder asistir a su estreno como torero. Pedro al ver su fascinación se emocionó, se vino arriba, vamos.

La escuela de tauromaquia se llamaba “Porta gayola”. Como todas las escuelas, esta tenía una cierta especialidad o preferencia sobre cómo enfocar los estudios.

Los toreros que salían de allí tenían fama de arrojados. Ya durante las clases prácticas Pedro había demostrado que lo suyo era la pelea con el animal. Nada de arte, ni temple, ni distancias. Su principio torero-filosófico es muy simple: el hombre, por ser hombre, es superior a cualquier otro animal por lo que es imposible que te coja. Mente superior domina mente inferior.

Tanto es así que más de una vez acabó arrollado por el carretón taurino de la foto.

Llega el gran día. Después de seis meses de clases teóricas y prácticas Pedro se estrena como novillero en una plaza portátil de un pequeño pueblo de la España profunda, sedienta y cuarteada, tal y como debe estar un 20 de Agosto. El día es grandioso. Plaza llena con dos mil personas sudando la gota gorda y entre ellas, su enamorada que se protege del sol con una preciosa pamela blanca. En esta plaza no hay Sol o Sombra, pero puedes elegir entre quemarte la frente o el cogote.

Son las 5 de la tarde y por lo que ha podido ver los novillos deben ser cinqueños y haber pasado por todos los tentaderos de Andalucía. El más pequeño pesa 550 kg. El apoderado le sugirió el día anterior afeitar a sus dos novillos. Como sabéis, queridos lectores, el afeitado de los cuernos del toro consiste en reducir su longitud para que, cuando derrote, no te llegue a alcanzar. El cuerno es más corto de lo que el animal cree, aunque sólo sean un par de cm. Pedro, muy ofendido, lo rechazó.

En el cartel Pedro aparece como Pedrito “El Temerario” y el primer novillo que le ha tocado en suerte se llama Ilustrado. Todo un presagio.

Suenan los clarines.

Pedro decide recibir a Ilustrado a porta gayola, la suerte que más le pone. De rodillas, escrutando la negrura de la puerta de toriles, presto el brazo a dar una larga cambiada con el pesado capote por encima de su cabeza. El tiempo pasa pero no se ve al toro. De hecho no lo ve nadie. Silencio. La plaza calla.

Ilustrado sale de toriles como un obús, sin desviarse ni un milímetro, derecho  hacia Pedro. Pedro ahora lo ve todo: estrellas, cohetes y fosfenos. Cae de cabeza sobre el albero.

Ilustrado le había estado observando desde la negrura, esperando que Pedro se cansara y bajase los brazos.

Su cuadrilla lo arrastra al callejón mientras Ilustrado, toro castaño, corniveleto y astifino, los observa con curiosidad.

Con un chichón del tamaño de un huevo en la frente sale impetuoso, enfadado, Pedro “El Temerario”. En el tendido del 4 hay un grupo de mozos que lo jalea. Eso para él son unas banderillas. No le entra en la cabeza lo que ha ocurrido.

Se acerca a Ilustrado cubierto con el capote. Mira al toro y este le devuelve la mirada. Se arranca y con un primer derrote le quita el capote.  El segundo derrote es quirúrgico: le rasga la chaquetilla y la camisa a la altura de las costillas, sin hacer sangre.

Y se da la vuelta. Pedro no es enemigo para él. Se sienta plácido en mitad del ruedo, en los medios. Se puede escuchar un sordo rumor en toda la plaza, se masculla que la tarde va a ser difícil.

Cambio de tercio. Es el tercio de varas. Los otros novilleros, prudentemente, prefieren no dar ningún quite. Ilustrado se levanta y se dirige al caballo con trote alegre. El sexto sentido del caballo le dice que algo va mal. Galopa despendolado alrededor del ruedo a pesar del peto. El picador ya ha perdido el sombrero y la pica la lleva a rastras. Los monosabios saltan sobre la barrera como si tuviesen muelles. Solo queda Pedro en el ruedo. Muge victorioso Ilustrado y se vuelve a tumbar. Se retiran los picadores sin estrenarse.

Los banderilleros están temblando. A uno de ellos la Guardia Civil lo ha retenido en la salida de la plaza. Salía por patas.

Sale el primer banderillero, y caminando como quien es llevado al patíbulo, cita al novillo. La voz no le sale y en vez de decir ¡hheee! o ¡hooo! ¡Toroooo! con voz grave solo se escuchan gemidos. Ilustrado no mueve ni las orejas. El banderillero sigue andando, sudando bajo la montera. Se arranca Ilustrado cortándole la retirada. Se ha colocado entre la barrera y el torero. El banderillero echa a correr en dirección contraria arrojando las banderillas al aire. En mitad de la plaza, de un certero movimiento de cabeza, Ilustrado lo ensarta por el trasero.

Pedro “El Temerario” no entiende nada. Estas cosas no pueden pasar porque el hombre es superior al toro. Corre a salvar a su banderillero pero ya no queda gran cosa después de haber sido lanceado arriba y abajo, sin tocar siquiera el suelo.

Coge Pedro las banderillas del suelo y lo cita, brazos en alto. Ilustrado lo mira con compasión. Se arranca y mientras Pedro avanza siguiendo una línea curva (banderillas “al cuarteo”, se dice). Ilustrado le va comiendo terreno al seguir una trayectoria rectilínea, anticipando la situación futura del torero. Pura cinemática.

El encontronazo es brutal. Pedro pierde las banderillas y le pega puñetazos mientras Ilustrado lo tiene enganchado por la taleguilla.

Acaba con un  segundo chichón en la frente. Ahora parece que los cuernos los tiene él.

Del traje de luces no le quedan más que restos. Coge la muleta y la espada de matar. Esto no va a quedar así. Entra en el ruedo furibundo, desoyendo los consejos de su cuadrilla. Sigue sin entender nada. Ilustrado lo mira y cabecea. El tampoco entiende a este joven.

La plaza está en silencio, trágica espera, la respiración es contenida, cae el sol a plomo aplastando cualquier sonido.  Por fin una voz femenina grita: ¡los cabestros, por Dios!

Esa misma noche Pedro y su enamorada discuten. Argumenta Pedro que ya tenía cogida la distancia al toro. Ella se ríe. Y él a ti también, le contesta, mientras le pone hielo en la frente.

 


5 respuestas a “Pedro, torero

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