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¿Y si todavía escribiéramos así, sin separación entre palabras ni signos de puntación?

Pues así fue hasta bien entrada la Edad Media. Para daros cuenta el esfuerzo que supone leer mentalmente un texto así, os ruego hagáis la siguiente prueba (el texto es de Juan Manuel de Prada, extracto del articulo Una nueva demencia escolar en el XL Semanal):

Os prometo que no os torturo más con la scriptio continua. Pues sí, griegos y romanos -por ser los más cercanos- todo lo escribían en mayúsculas, todas las letras iban pegadas unas a otras y el texto no tenía signos de puntuación. La razón dada es que los textos servían de apoyo, no eran para ser “leídos”. Abajo, un ejemplo real del latín en scriptio continua. No existía la costumbre de leer en silencio. Aquellos que leían, lo hacían en voz alta, para ser escuchados, y debían conocer el texto: la mejor improvisación es la más preparada.

En la Edad Media ya sabemos que libros y escritura quedaron a buen recaudo con los monjes y curas en conventos e iglesias. Y allí surgió, primero, la separación entre palabras. Se dice que los escribas irlandeses allá por el siglo VII y VIII fueron los primeros en separar las palabras por no dominar el latín porque nunca fueron invadidos por los romanos. Les costaba leer y dar sentido a los textos que leían en voz alta, supongo. Por tanto, además de la Guinness, a los irlandeses les debemos que las palabras estén separadas entre sí. Caso contrario, seguiríamos escribiendo como los niños, que tienden a juntar las palabras al escribir.

Los signos de puntuación nacieron también hacia el siglo VIII, pero en este caso fue simultáneo en distintas regiones europeas. Por tanto, algo diverso y heterogéneo. Todo ello permitió que los lectores pudiesen leer en silencio. Ya no hacía falta pelearse en voz alta con el texto para encontrarle sentido. La imprenta (siglo XV) trajo definitivamente la armonización de la escritura y de los signos de puntuación. 

Sobre la importancia de los signos de puntuación, la siguiente anécdota forma parte de la historia portuguesa. Eran tiempos Carlos I de Portugal, el rey asesinado en el Terreiro do Paço en 1908. Su ministro de Justicia le presentó un expediente de indulto en el que le escribió una nota al margen:

“Perdón imposible, que cumpla su condena”

El Rey, sin embargo, cambió de lugar la coma dejando la frase en:

“Perdón, imposible que cumpla su condena”

El rey escribió de su puño y letra un “concedido” y firmó. La coma le cambió la vida al reo.

De la misma forma que los imperios van y vienen, el arte evoluciona y la propia sociedad experimenta las formas que tenemos para organizarnos, nuestra forma de comunicarnos también evoluciona. La expresión escrita quizás ya alcanzó su cenit y ya solo nos movemos hacia atrás o hacia los lados, como los cangrejos. Internet y su forma de difundir los mensajes tienen parte de culpa.  No soy un fan de la literatura, pero hay frases, párrafos, versos que ciertamente son especiales. Os dejo como ejemplo los últimos versos del poema “Puedo escribir los versos más tristes esta noche” (Pablo Neruda, 1924, de Veinte poemas de amor y una canción desesperada):

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el ultimo dolor que ella me causa,

y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

Hoy si escribes con mayúsculas es que estás chillando, para que nadie se ofenda tienes que incluir caritas divertidas 😊 y el cariño lo hemos remplazado por 😘. Para mandar a alguien a la mierda le pones esto 💩 y para decirle que hace frio basta con🥶.

Por tanto, igual en unas cuantas décadas escribiremos así:

Vuelta a los orígenes. Dedicado a los cromañones, a los escribas egipcios y a chinos y japoneses por su preciosa caligrafía, al que imaginó el alfabeto, a los monjes medievales y a Gutenberg, todos ellos unos genios a los que debemos lo que somos.


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